¿CUÁNTO O CÓMO?
Por Melissa Spurrier
Vivimos en una sociedad que pone mayor énfasis al número que a la riqueza o intensidad de una experiencia. Cuando se es niño, la pregunta típica entre amigos es ¿cuántos regalos te dieron? En lugar de ¿te gustaron tus regalos? Cuando entras a la escuela, es más común la pregunta ¿cuánto sacaste? En lugar de ¿qué aprendiste? Es como si "valiera más" la nota, que la calidad del aprendizaje adquirido.
Cuando se entra a la adolescencia y los jóvenes empiezan a ir a fiestas, la pregunta del millón es ¿Con cuántos bailaste? En lugar de preguntar ¿Te divertiste? Cuantas veces las jóvenes sufren porque no bailaron con más de una o dos personas. Cuando esto ocurre, las jóvenes no disfrutan de la fiesta, hasta haber logrado bailar con la quinta o sexta pareja. ¡Cuánta ansiedad se ahorrarían, si aprendieran a disfrutar desde el primer momento! Más tarde, al llegar a la adultez, el éxito se mide en base a cuántos títulos se tiene y no necesariamente en qué tan llena se siente la persona con su trabajo. No hay problema con querer capacitarse consistentemente, pero hay ocasiones en que el interés por el nuevo título no está motivado por el deseo de aprender, sino por el de tener un diploma más colgado en la pared de la oficina. Si este es el motivo, el estudio se convierte en algo tedioso, al que se le pondrá el mínimo esfuerzo, pues de lo que se trata es de aprobar para conseguir el preciado título. Hasta aquí incluyo ejemplos, pues el espacio es corto, pero podríamos seguir citando varios más. ¿Cuál es el punto de todo esto? Es importante que no nos centremos tanto en la cantidad, sino en la calidad de las experiencias. Hay que enseñarles esto a los hijos desde que son pequeños, y no sólo con palabras, sino también con el ejemplo, pues cada uno de nosotros también debe aprender a "saborear" cada vivencia. Empecemos el año, con este propósito.



