NUNCA TERMINA
Por Melissa Spurrier
El aprendizaje nunca termina. Cada etapa nos exige cambiar nuestra perspectiva de las cosas, exigiéndonos nuevos aprendizajes. Durante la niñez debemos adaptarnos a la escuela, institución con reglas que desconocemos, y a compañeros que vienen de familias con costumbres distintas. Al entrar a la adolescencia debemos aprender a reconocernos en un nuevo cuerpo y a las implicaciones sociales que esto conlleva: nuevas formas de relacionarnos con los padres, el futuro y el sexo opuesto. Estos cambios ocurren tan rápido, que nos producen ansiedad y una sensación de vulnerabilidad. Al contraer matrimonio y tener hijos, debemos adaptarnos a las expectativas de la pareja, de los hijos, a nuevos gastos. El no contraer matrimonio a cierta edad, también implica cambios; aceptar a una sociedad que cuestiona el hecho de no haberse casado o no tener pareja. Cuando uno se convierte en abuelo, hay que aprender a acompañar a los hijos en su tarea de ser padres, sin juzgarlos ni restarles autoridad frente a sus nietos.
A estos cambios del desarrollo personal, se suman cambios externos como las decisiones gubernamentales, las nuevas tecnologías, la globalización, etc. ¿Qué implica esto? Que durante la vida estamos en un constante proceso de aprendizaje, que nos demanda gran responsabilidad y valentía. El rehusarse a aprender (cambiar) tiene consecuencias para nosotros y para lo que nos rodean. Esto nos exige dedicar cierto tiempo a reflexionar sobre las nuevas circunstancias, a pesar de nuestras apretadas agendas; a informarnos, a compartir con alguien nuestra normal angustia por la incertidumbre y a repensar ciertas creencias, pues sólo así podremos tomar decisiones inteligentes y graduarnos con honores al final de nuestra vida.



