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VETE, SEÑOR PRESIDENTE

Por WALTER SPURRIER BAQUERIZO

 

Semanalmente compro un entero. Cada vez recuerdo que mi texto de economía básica censuraba la compra de lotería como un acto irracional, puesto que las posibilidades de ganar son inferiores al múltiplo que el premio constituye del valor invertido.

El texto se equivoca. Si acierto el premio mayor me abre amplias posibilidades, mientras que el monto invertido en su defecto lo estaría gastando en cualquier cosa.

Además, en el caso de la Lotería Nacional hay razones trascendentales.

Compré mi entero pare este miércoles en el aeropuerto de Quito, antes de embarcar de vuelta: mi lotero se ubica frente a la fila de ingreso a los filtros. Es un hombre humilde, de escasa preparación; la venta de lotería es su sustento. No hago caridad, sino pago por un servicio. Eso me gratifica.

La Lotería Nacional depende de miles de loteros regados en todo el país. Parte importante del valor de cada guachito aporta al sustento de una familia de escasos recursos.

Hagamos números. Cuando se juega un millón, invierto $40. Hay 100.000 enteros, se factura $4 millones, los premios son $2 millones. Quien gana $1 millón, recibe $860.000, y el resto va en su mayor parte al SRI y un monto menor para sostener al Cuerpo de Bomberos.

De los $2 millones que quedan, parte va a los loteros. Lo demás a la Junta de Beneficencia para mantener su red de hospitales que sirve a Guayaquil y su muy amplia zona de influencia. Guayaquil, capital montubia, es el centro de servicios, entre ellos de salud, para cerca de la mitad de la población nacional. Aportar a esto también me llena de satisfacción.

Hoy, la vasta flamante ley Cootad abre la posibilidad que los gobiernos seccionales instalen sus propias loterías. De así suceder, el monto que se invierte en loterías se diluiría. La Junta no podrá mantener tantos hospitales; algunos pasarían al gobierno. Aumentaría la carga fiscal y administrativa, y a juzgar por la diferencia entre la atención en los hospitales de la Junta y los estatales, los enfermos saldrán perjudicados.

A cambio de este perjuicio, ¿qué beneficio traerá la nueva disposición?

Muchos gobiernos locales, cortos de dinero, verán con esperanza esta nueva fuente de ingresos. Pero organizar y prestigiar una lotería no es fácil.

Docenas de aventureros internacionales tocarán las puertas de municipios y prefecturas, con fábulas de enorme experiencia y extraordinarios éxitos logrados en Argentina, Colombia o Panamá, ofreciendo magnánimamente sus talentos a cambio de un reparto de las ganancias de la lotería. Inicialmente habrá que hacer una onerosa inversión publicitaria, con dineros de la alcaldía, pero que ellos tienen amigos que cobrarán poco.

A la finales unos cuantos aventureros se forran los bolsillos y se largan dejando loterías locales desprestigiadas, los gobiernos locales poco o nada consiguieron. Todo esto ya sucedió.

Mientras, se funden la Junta y los hospitales de Guayaquil. El Estado deberá presupuestar, como nunca antes lo hizo, la atención a la salud de los guayasenses, no para mejorarla, sino para no desmejorarla.

Sr. Presidente, ¿quiere que éste sea uno de sus legados para la historia?

Vete, Sr. Presidente. Guayaquil recordará.

 

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