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PONZI

Por WALTER SPURRIER BAQUERIZO

Como todos, he seguido absorto la saga de Machala: el asalto a la oficina del notario Cabrera por parte de miembros de la Policía y de las Fuerzas Armadas; la utilización del avión presidencial por oficiales de la FAE para ir a retirar dinero a la notaría; la profanación de la tumba; las personalidades políticas y judiciales que le prestaban.

La extensa cobertura de los medios: la placa de reconocimiento que le entregan las Fuerzas Armadas, que fuera la portada del diario el pasado viernes; el grueso documento, como guía telefónica, que exhibe Ecuavisa con los nombres de los acreedores.

Se estima que más de 26 mil personas prestaron al notario; que el monto de esas deudas estaba en varios cientos de millones de dólares. Algunos cálculos se acercan a los $1.000 millones.

El notario es el gran deudor del Ecuador, y funcionaba como una financiera, pero a la inversa: no era él quien captaba para prestar, sino que tenía una oficina para tomar prestado, a tasas de interés mensual de entre 7% y 10%, con pago del interés por adelantado. Una rentabilidad abismal; la tasa menor, 7% pagado por anticipado, arroja 142% anualizado.

Pero a la fecha, en lo que la información es escasa, es qué hacía Cabrera con la plata. No ha salido ningún listado con los presuntos deudores del notario. Si todo el mundo sabía de la existencia del notario, cómo así no se sabe de los negocios que financiaba?

Se mencionan las propiedades que poseía el notario; se dice que mandaba el dinero a los EE.UU., a prestar al 20% mensual; que había lavado; que financiaba el narcotráfico.

Ninguno de estos argumentos es convincente. Hacerse de propiedades, endeudándose con ese financiamiento, es de locos. En los EE.UU. hay demasiada plata como para que alguien pretenda tener clientes al 20% mensual, excepto la mafia, que tiene sus propios fondos. En cuanto al narcotráfico, es más bien un negocio muy líquido, que genera dinero y que no necesita financiarse. Y el lavado, como bien indica la Fiscal General, todos tenemos que hacer un papeleo si depositamos $10 mil en efectivo; no veo cómo puede legalizarse dinero de esta manera, peor aún pagando 142% anual de interés.

Para cualquier especialista en asuntos financieros, la respuesta es evidente. Lo llaman esquema Ponzi, y se remonta a un italiano en New York en los años 20, que ofrecía a todo el mundo duplicar su dinero en 90 días: Carlo Ponzi.

En la oficina de Ponzi, sus empleados no se alcanzaban a entregar letras a cambio y recibir dinero; tantos se acercaron a prestarle, que la plata se metía en cajones, basureros, armarios, tal como hemos visto en la saqueada oficina del notario.

Pero la prensa lo denunció. Las autoridades lo investigaron y un buen día Ponzi fue arrestado. Había llegado a captar $140 millones en dólares de hoy.

Al cabo de muchos años, los acreedores llegaron a recuperar aproximadamente el 37% del capital invertido (y Ponzi, cuando cumplió la condena, siguió en sus andanzas por otras latitudes).

El negocio es muy sencillo: todo lo que cuenta es el flujo de caja. Mientras que la gente deposite más de lo que retira (todos los días hay más depositantes, y los intereses se capitalizan), queda plata en los cajones. El esquema no puede durar eternamente, por lo que la solución es tener la plata a buen recaudo en el exterior, y cuando el flujo de dinero deja de ser favorable, poner pies en polvorosa.

Esta situación se da en países en que la población no tiene conciencia del vínculo entre tasa de interés y riesgo, como era el caso de los EE.UU. antes del crack del 29. Entre los casos recientes de inmensos esquemas Ponzi, tenemos Filipinas y Haití; y el más escandaloso de la última década, 1997 en Albania, el país más pobre de Europa entonces recién salido del socialismo, en donde los incidentes en Tirana y otras ciudades fueron peores que los de Machala, y hubo 2 mil muertos.

Seremos un pueblo muy culto en derecho, historia, literatura, pero absolutamente desconocedores de las finanzas.



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