MINDO, CINCO AÑOS DESPUÉS
Por WALTER SPURRIER BAQUERIZO
En 2002, cuando el presidente Noboa autorizó la construcción del OCP, hubo un grito de alarma universal por el daño ecológico que se iba causar a Mindo, al norte de Quito, zona muy apreciada por su biodiversidad y donde se desarrollaba una floreciente industria de ecoturismo. Se denunció que el oleoducto iba a destruir este tesoro ecológico.
El dilema del gobierno es que el OCP debía seguir de cerca el trazo del SOTE, y éste se diseñó para pasar muy cerca de Quito. En 2002, esa zona estaba urbanizada, y la alternativa era alejarse un poco más en ese tramo, lo que tornaba inevitable pasar por Mindo.
Vinieron las estrellas del ecologismo mundial, con su séquito de paparazzi, a obstruir los trabajos y hacerse filmar siendo removidos de las obras: mártires de la protección del ambiente, ante los insensatos que no vacilan en destruir la madre tierra por un puñado de dólares.
El Presidente Noboa no estuvo dispuesto a sacrificar el beneficio fiscal y luego económico que significaba incrementar sustancialmente la producción petrolera, y no cedió.
Cinco años después, pregunto si Mindo quedó afectado por el oleoducto. Si hay menos biodiversidad. Si los hoteles y servicios ecoturísticos han sufrido. En primera evidencia, no es así. Pero a los que hicieron el escándalo, habrá que preguntarles por qué no han evaluado el impacto ecológico y decirnos si se justificó tanto escándalo.
¿Son malos los movimientos ecológicos? De ninguna manera. Inciden positivamente en la creación de una conciencia ecológica. Si el ambientalismo y la conciencia ecológica hubieran existido a fines de los sesenta, otra sería la historia del SOTE y del Nororiente.
El problema radica en que en nuestro país la debilidad de las instituciones, entre ellas, debemos hacer autocrítica, la prensa, permite que un movimiento bien financiado del exterior y con conocimientos de cómo manipular la opinión pública, esté en capacidad de conmover al país.
Hoy vemos otra tal ofensiva, con relación a la minería. Irónicamente, le corresponde a un movimiento político que llega al poder, en parte por el apoyo de ONGs locales auspiciadas desde el exterior, hacer frente a una acción concertada para que renuncie a explotar el potencial minero nacional, que significaría un incremento de empleo e ingentes divisas para el Fisco.
Sin la presión ecológica, las compañías mineras no tendrían motivación para buscar las mejores prácticas ambientales mineras. El Estado debe fortalecer los organismos de supervisión para el cumplimento de las normas. Habrá sectores que se determinen fuera de toda actividad económica. Pero de ahí a abandonar a rajatabla la minería, hay un gran trecho.
Otro caso es el de los alimentos transgénicos. El ecologismo ha logrado su satanización en el país. El Congreso pasó una ley obligando a que previo a la importación de un transgénico, tiene que haber una certificación que el producto no es nocivo. Nadie puede dar un certificado así.
Pero si el Ecuador fuera a importar soya, trigo o maíz que no fuese transgénico, va a tener enormes dificultades en encontrarlos, ya que la producción de los grandes exportadores: Argentina, Australia, Canadá, EE.UU., es transgénica.



