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Por WALTER SPURRIER BAQUERIZO

Un joven presidente se posesionaba en un país andino. Era 1985, y América Latina vivía una momento de optimismo: que una nueva izquierda, moderna, iba a alcanzar el desarrollo aplicando un modelo económico heterodoxo. Galán era figura en Colombia, Alfonsín en Argentina, Radomiro Tomic en Chile. También en 1985, Daniel Ortega triunfa aplastantemente en Nicaragua.

El flamante presidente era Alan García Pérez. Con ocasión de un seminario para periodistas económicos organizados por la Comunidad Andina de Naciones en Lima, tuvimos ocasión de entrevistarlo ni bien posesionado. Líder de gran carisma y vocación de servicio popular.

A la salida de la entrevista, declaré para un medio limeño que el modelo heterodoxo, cuyo objetivo era un crecimiento con equidad, y su portaestandarte García, podría permitir a los latinoamericanos desarrollarse sin incurrir en el enorme costo social que pagaban los tigres asiáticos. Era la tercera vía.

El intervencionismo de Alan García dio resultados en una primera fase. Pero luego vino la hiperinflación y su gobierno culminó en 1990 en medio del caos económico.

Ante estos resultados poco halagadores, Rodrigo Borja, el líder de la tendencia en el Ecuador, siguió una línea económica más cauta.

Raúl Alfonsín tuvo que entregar el poder anticipadamente en 1989. El ala izquierda de la democracia cristiana chilena nunca llegó al poder; Galán fue asesinado cuando candidato en 1989.

A Alfonsín lo sucedió Menem, las privatizaciones, y convertibilidad. A García, Fujimori, privatizaciones y apertura. Ambos duraron diez años. En 1988 con Carlos Salinas, el PRI se convirtió a la ortodoxia económica. Los presidentes de la concertación que sucedieron al Gral. Pinochet, continuaron con la apertura.

La tercera vía latinoamericana se extinguió. Simultáneamente, la segunda vía, la socialista, colapsó con la URSS. Se inició lo que Rafael Correa denomina “larga noche neoliberal”.

Excepto que Latinoamérica nunca ha sido neoliberal. Las recetas de mercado pegan en pocos países; se insiste que la soberanía requiere manejo proactivo del Estado. El éxito asiático, que pone primero el crecimiento y luego la equidad social, no convence.

En el Ecuador no se privatizaron las empresas estatales, pero se dejó de invertir en ellas: el peor de dos mundos, ya que la modernización no vino ni por el sector público ni por el privado.

Con el nuevo milenio, y el descontento con los resultados de la apertura, el fénix heterodoxo renace de sus cenizas; hay la esperanza que se haya aprendido de los errores del pasado. En Argentina, la debacle de la convertibilidad trae al poder a Kirchner, quien mejor encarna la tendencia. Los que salieron del PRI en protesta por la apertura estuvieron a punto de ganar la presidencia mexicana con López Obrador.

Y un joven presidente heterodoxo se posesiona en un país andino; con él la esperanza del desarrollo sin ajuste. Esta vez, el Ecuador.

Volver... Porque veinte años no es nada.

Hacemos votos por el éxito de Rafael Correa

 

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